LA DOCTRINA MONROE de 1823





LA DOCTRINA MONROE

En los primeros decenios del siglo XIX, el centro y el sur del continente americano hicieron la revolución. La idea de la libertad empezó a bullir en los pueblos de América Latina desde el momento en que las colonias inglesas lograron su emancipación. La conquista de España por Napoleón en 1808 fue la señal para que los latinoamericanos iniciaran la rebelión.

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LA DOCTRINA MONROE de 1823

“America para los Americanos”
Ya en 1822, bajo la hábil dirección de Simón Bolívar, Francisco Miranda, José de San Martín y Miguel Hidalgo, toda la América hispana -desde Argentina y Chile en el sur, hasta México y California en el norte- había conquistado su independencia de la madre patria.

El pueblo de los Estados Unidos tuvo un profundo interés por lo que parecía ser una repetición de su propia experiencia al liberarse del gobierno europeo; y los movimientos de independencia en América Latina confirmaron su fe en el autogobierno. En 1822 el presidente James Monroe, bajo una intensa presión pública, fue autorizado para dar su reconocimiento a los nuevos países de América Latina -incluso a la ex colonia portuguesa de Brasil- y no tardó en intercambiar ministros con todos ellos. Al hacerlo ratificó el carácter de éstos como países genuinamente independientes, separados por completo de sus viejos nexos con Europa.

En esa misma época, Rusia, Prusia y Austria formaron una asociación, llamada la Santa Alianza, para protegerse de las revoluciones. Al intervenir en los países donde los movimientos populares amenazaran los tronos de los monarcas, la Alianza -a la cual se unía a veces Francia- esperaba impedir que la revolución se propagara a sus dominios. Esa política era la antítesis del principio estadounidense de la autodeterminación.





Mientras la Santa Alianza limitó sus actividades al Viejo Mundo, no provocó ansiedad alguna en los Estados Unidos. Sin embargo, cuando la Alianza anunció su intención de devolver a España sus antiguas colonias, los norteamericanos se sintieron muy preocupados. Por su parte, la Gran Bretaña decidió evitar que España restableciera su imperio, pues el comercio con América Latina era demasiado importante para los intereses comerciales británicos. Londres instó a hacer extensivas a América Latina las garantías anglo-estadounidenses, pero el secretario de estado John Quincy Adams convenció a Monroe de que actuara en forma unilateral: "Sería más sincero y también más digno hacer valer nuestros principios de un modo explícito frente a Rusia y Francia, que presentarnos como una barquilla arrastrada por la estela del gran buque de guerra británico". En diciembre de 1823, con pleno conocimiento de que la armada de Gran Bretaña defendería a América Latina ante la Santa Alianza y Francia, el presidente Monroe aprovechó la ocasión de su mensaje anual al Congreso para proclamar lo que se llegaría a conocer como la Doctrina Monroe, es decir, la determinación de no tolerar ninguna ampliación futura del dominio de Europa en América:

"El continente americano… por lo tanto, no se habrá de considerar como sujeto de futura colonización por ninguna de las potencias europeas".
"Interpretaremos todo intento de su parte por extender su sistema [político] a cualquier porción de este hemisferio, como un peligro para nuestra propia paz y seguridad".
"No intervenimos ni vamos a intervenir en las colonias o dependencias hoy existentes de ninguna potencia europea. No obstante, en el caso de los gobiernos que ya han declarado su independencia y la han mantenido, y cuya independencia ha sido reconocida por nosotros,… cualquier intervención de una potencia europea con el propósito de oprimirlos o de controlar en alguna otra forma su destino, no podrá ser interpretada por nosotros bajo otra luz que no sea la manifestación de una actitud no amistosa hacia los Estados Unidos".

En la Doctrina Monroe se expresó un espíritu de solidaridad con las repúblicas de América Latina que acababan de lograr su independencia. A su vez, en muchos casos esas naciones reconocieron su afinidad política con los Estados Unidos al basar sus nuevas constituciones en el modelo norteamericano.








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1 comentario
  1. En el ámbito interno, la presidencia de Monroe [1817-1825] fue descrita como “la era de los buenos sentimientos”. En cierto modo, esta designación enmascaró un periodo de vigorosos conflictos entre facciones y regiones; no obstante, por otra parte, en ella se reconoció el triunfo político del Partido Republicano sobre el Partido Federalista, el cual se derrumbó a partir de entonces como fuerza nacional.

    La caída de los federalistas causó una alteración en el sistema con el cual se elegía a los presidentes. En esa época las legislaturas de los estados tenían facultades para designar candidatos. En 1824 Tennessee y Pennsylvania escogieron a Andrew Jackson como candidato, con el senador por Carolina del Sur, John C. Calhoun, como su compañero de fórmula; Kentucky escogió al líder de la Cámara, Henry Clay; Massachusetts al secretario de estado John Quincy Adams; y una junta política del Congreso propuso al secretario de hacienda William Crawford.

    La personalidad y las alianzas sectoriales tuvieron un papel vital para determinar el resultado de la elección. Adams ganó los votos electorales de Nueva Inglaterra y casi todos los de Nueva York; Clay obtuvo los de Kentucky, Ohio y Missouri; Jackson triunfó en el sureste, Illinois, Indiana, las Carolinas, Pennsylvania, Maryland y New Jersey; y Crawford se impuso en Virginia, Georgia y Delaware. En vista de que ninguno de los candidatos obtuvo la mayoría en el Colegio Electoral, se actuó de acuerdo a lo dispuesto en la Constitución y la elección quedó en manos de la Cámara de Representantes, donde Clay era el personaje más influyente. Él dio su apoyo a Adams y éste ganó la presidencia.

    Durante el gobierno de Adams surgieron nuevas lealtades partidistas. Sus seguidores recibieron el nombre de los “republicanos nacionales”, que más tarde serían conocidos como los “whigs”. A pesar de que gobernó con honradez y eficacia, Adams no fue un presidente popular y su administración se distinguió por las frustraciones. Él fracasó en su intento de instituir un sistema nacional de caminos y canales. Sus años en el cargo parecieron ser una larga campaña en pos de la reelección, y su frío temperamento intelectual no le permitió ganar amigos. En cambio, Jackson tenía un enorme atractivo popular, sobre todo entre sus seguidores en el recién designado Partido Demócrata, que surgió del Partido Republicano y cuyas raíces se remontaban hasta los presidentes Jefferson, Madison y Monroe. Jackson derrotó a Adams en la elección de 1828 por una aplastante mayoría electoral.

    Jackson -un político de Tennessee que les hacía la guerra a los indios y fue un héroe en la Batalla de Nueva Orleans, durante la Guerra de 1812- encontró apoyo en los pequeños granjeros del oeste y entre los trabajadores, artesanos y pequeños comerciantes del este, que hicieron uso de los votos para oponerse a los crecientes intereses comerciales y fabriles a los cuales asociaban con la Revolución Industrial.

    La elección de 1828 fue una jornada importante en la marcha hacia una participación electoral más amplia. Vermont consagró el sufragio universal de los varones desde su ingreso a la Unión, y Tennessee le concedió el sufragio a la gran mayoría de los contribuyentes. New Jersey, Maryland y Carolina del Sur abolieron los requisitos de propiedad y tributación, como condición para conceder el voto, entre 1807 y 1810. Los estados que ingresaron a la Unión después de 1815 les concedían el sufragio universal a los varones blancos, o sólo exigían un requisito módico en materia de impuestos. Entre 1815 y 1821, Connecticut, Massachusetts y Nueva York abolieron todos los requisitos en materia de propiedades. Todavía en 1824, los miembros del Colegio Electoral eran seleccionados por seis legislaturas estatales. En 1828, los electores presidenciales fueron escogidos por voto popular en todos los estados, salvo en Delaware y Carolina del Sur. La elección del extravagante Andrew Jackson fue la prueba más espectacular de ese sentimiento democrático.

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